El tiempo pasa muy rápido

 

De repente nos quedamos embobados en medio de la habitación mirándolos a los tres. Están jugando, riendo, saltando unos encima de otros… Y va mamá y dice, mientras papá la abraza por la cintura: “¿de verdad son nuestros los tres?”

El tiempo pasa muy rápido y hay veces que todavía no te haces a la idea de ser padre. Por mucho que de tu cuerpo esté saliendo y que día a día los veas crecer y estés con ellos, sufriéndolos y disfrutándolos, hay veces que te quedas parado y piensas si lo que estás viviendo es real, si tienes de verdad tres hijos, tres personitas a tu cargo. Si está en tus manos su educación, su futuro, su vida. Y entonces te da vértigo. Porque no sabes si está pasando todo demasiado rápido y te estás perdiendo cosas o si no eres suficientemente consciente de la responsabilidad que tienes. Y ninguna de las dos opciones te parece buena. Las dos son una auténtica mierda.

Entonces te acuerdas de Neo en Matrix, aunque solamente sea porque no quieres ser como él. Si todo lo que estás viviendo es una mentira, bendita mentira, no quieres conocer la verdad. Lo único que quieres es que no pase tan rápido, pero ¿cómo coño lo consigues? O tal vez es que no se puede… Quieres que el sueño dure para siempre, sí, y que, además, vaya muy despacio. O por lo menos lo suficiente como para no perderte nada, como para darte cuenta de todo y disfrutar todo el tiempo a tope. Así que lo siento amigo Morfeo, definitivamente, me quedo con la pastilla azul.

Las pastillas de Matrix

Tener hijos es la mayor responsabilidad que puedes tener en tu vida. Por eso es tan importante ser siempre consciente de ello. No puede, no debe pasar ni un segundo en el que no sepas lo importante que es tu labor con ellos. Y hay veces en las que la vida nos lleva tan rápido por su camino que no nos damos cuenta de que somos el  referente de nuestros hijos. Y eso es malo, es lo peor. Lo de perdernos cosas con ellos, es secundario, solo nos perjudica a nosotros, aunque jode. Jode mucho.

No quiero decir que no podamos permitirnos desconectar, es inevitable. Todos lo hacemos, y nosotros más de lo que nos gustaría seguro, y no somos malos padres o madres por ello, aunque sintamos que lo somos cuando nos damos cuenta.

Eso sí, cuando me descubro alejado de lo que me rodea, de ellos, vuelvo, intento ser consciente de mi responsabilidad y disfruto del tiempo a su lado.

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Malditos globos

Un globo, dos globos, tres globos… ¡y una mierda! Odio los globos, desde ya lo digo. ¿Qué aportan al mundo? ¿Cuál es su función? Ya os la digo yo: hacer llorar a los niños, y hacer la vida imposible a sus padres.

 

Bueno, igual estoy exagerando un poco, pero amarlos, no los amo.

 

A  lo mejor es porque tengo una especie de trauma o algo parecido. Siendo pequeño, de vacaciones en Asturias, recuerdo que me compraron un globo. Y yo todo feliz con él, hasta que se me escapó. Y se fué volando al cielo mientras yo lloraba… Mi abuelo y un amigo suyo tuvieron a bien (lo que no hagan los abuelos…) llevarme a ver si lo encontrábamos, pero no, subió y no volvió a bajar. Así que me quedé sin globo.

 

Y desde entonces debía de tener un odio oculto a los dichosos globitos que ha aparecido ahora, no sé por qué. El caso es que he decidido que los odio. Y mucho. Quien vuelva a regalarles globos a mis hijos puede tener un serio problema conmigo.

 

Cuando recojo a los mellizos en la guardería y salen cada uno con un globito porque ha habido cumpleaños o alguna fiesta, me cago en todo. Porque tengo que ir hasta el coche con ellos, andando, y con los globitos. Y los tiran al suelo. Y se les escapan. Y se van detrás de ellos. Por supuesto, no en la misma dirección los dos. Luego, cuando tengo que subir las escaleras desde el garaje al portal es peor todavía, con los dos en brazos y los globos apretándose contra mi cara, y temiendo que se les caiga alguno justo antes de llegar arriba y tener que volver a bajar a buscarlo.

 

¿Os he dicho que odio los globos?

 

Malditos globos

 

Estar en casa con globos tampoco es mejor. Los tiran a sitios donde no pueden volver a cogerlos y hay que dárselos una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Y puede ser que todos quieran el mismo a la vez. Si se pelean y lloran no pasa nada, porque lo peor está todavía por llegar, cuando se explotan. Qué emoción hay en sus caras con el ¡PUM!, vaya fiestón.

 

Así que no queda otra que olvidarlos en el coche por error o hacerles un pequeño agujero, sin querer también, claro, para que mueran lentamente.

 

Sé que alguien lo estará pensando, pero no, no estoy siendo demasiado duro con los globos. De verdad, al que le regale globos a mis hijos me lo cargo.

 

 

Sueños

Todos tenemos sueños. Unos más fáciles de conseguir y otros más difíciles, o incluso imposibles. La cuestión está en perseguirlos, en hacer lo posible por llegar a alcanzarlos, aunque haya piedras en el camino, aunque parezca que nunca vas a llegar al final.

 

Hace ahora aproximadamente veinte años que mamá y papá empezamos a salir juntos. Eran tiempos de universidad, de salidas de fin de semana, de paseos vespertinos comiendo un helado, de llegar a casa asustado porque era demasiado tarde (o demasiado temprano)… Pero también de ir empezando a soñar cómo sería nuestra vida juntos.

 

No os voy a engañar, no teníamos pensado casarnos y formar una familia numerosa desde el minuto cero. Esto fue surgiendo poco a poco. Sabíamos que queríamos tener hijos y siempre decíamos que “tantos como pudiéramos mantener”. Porque, tampoco os voy a engañar con esto, tener hijos puede ser tan caro o barato como se quiera, pero gratis no es. Un tiempo después ya sabíamos que tendríamos que estar entre dos y tres, aunque no se pueda tener medio hijo, nosotros nos entendíamos. Y llegó un momento en el que formar una familia, con tantos hijos como pudiéramos mantener, pasó a ser nuestro sueño.

 

Y aquí estamos, casi veinte años después, casi media vida para papá y más de media vida para mamá. Con nuestra familia numerosa. Porque para qué dudar entre dos y tres, tres y punto. Con nuestros tres tesoros que nos hacen darnos cuenta cada día que teníamos razón con nuestro sueño. Que era un gran sueño. Porque, ante todo, nuestra familia es lo que más felices nos hace.

 

Sueños

 

Y puestos a soñar, yo ahora sueño con que pasen otros 20 años. Y, de forma egoísta, sueño con que celebremos el día del padre todos juntos y que mis hijos me feliciten con tantas ganas como lo ha hecho nuestra hija mayor este año. Sueño con que estemos todos juntos a la mesa disfrutando de charlas, risas y recuerdos. Sueño también, por qué no, con tener ya algún nieto, que no lo dejen para tan tarde como nosotros. Sueño con que alguno de ellos sueñe con tener una familia numerosa también. Sueño.

 

Y me doy cuenta de que no importa cuánto se tarde en conseguir los sueños. Lo importante es perseguirlos, pelear por ellos, equivocarse de camino… Se puede tardar días, se puede tardar años, media vida o la vida entera. Puede que incluso nunca se alcancen. Mientras tanto, hay que disfrutar del camino.

 

Como dicen por ahí, nunca dejes de soñar.

7 inventos que harán la vida con tus bebés más fácil

Qué difícil se hace algunas veces, o muchas, la vida con los hijos. Hay situaciones complicadas que pueden llegar a ponernos de los nervios, o peor, asustarnos o llegar a quitarnos el sueño.

 

Nosotros hemos pasado por muchas de ellas. Hace más de cinco años que nos estrenamos en esto y estamos ya cerca de los dos años de ser familia numerosa, por lo que algo de experiencia vamos teniendo.

 

Aún así, hay ocasiones en las que los nervios o el miedo, o al menos la preocupación, nos supera.

 

Por eso, hemos pensado en contaros nuestra lista de objetos, inventos, cachivaches, aperos, utensilios que, al menos hasta ahora, nos han ido haciendo esta aventura más sencilla. Por cierto, todos ellos están a la venta en BabyEco Salamanca en su tienda de la Avenida Villamayor o en la página web. Además, ya sabéis  que hacen un descuento del 5% a las familias numerosas y papás y mamás de partos múltiples 😉😉😉.

 

Aquí van nuestros 7 favoritos.

 

  1. Hamaca: puedes dejar a los niños tranquilamente mientras vas haciendo tus cositas de casa. Pueden dormir en ella, comer, o simplemente verte mientras preparas la comida… La puedes comprar aquí.
  2. Cambiador acolchado: cambiar a los niños sobre una superficie blandita es mucho mejor. Pero si lo haces encima de la cama y tienes un percance, a cambiar todas las sábanas. Con este cambiador de algodón e impermeable no tendrás ese problema.
  3. Trona portátil con bolso interior: hay tronas que te puedes llevar si vas a comer fuera, pero no todas son como ésta. El asiento está hueco para poder introducir en ella desde biberones hasta pañales.
  4. Humidificador: viene muy bien para cuando los nenes tienen catarro y tos seca, el ambiente húmedo en la habitación les ayuda. Éste tiene luz relajante y un indicador de que se acaba el agua y, si llega a acabarse, se apaga solo. De venta aquí.
  5. Barrera para la cama: el momento en el que nuestros peques pasan de la cuna a la cama nos asusta a todos. ¿Se caerán al dar vueltas? Con esta barrera lo puedes evitar. Es bastante robusta así que no se romperá como otras, a nosotros nos ha pasado. Aquí puedes comprarla.
  6. Espejo retrovisor: llevar a tus hijos a contramarcha es lo mejor que puedes hacer en el coche, pero, seamos serios, nos preocupa no verlos. Con este espejo los puedes ver fácilmente y estar más tranquilo.
  7. Vigilabebes: se despiertan por la noche en su habitación y no sabes si ir o no ir. Los ves en la pantalla de este vigilabebés y sales de dudas. Tiene hasta canciones para que se duerman y sensor de temperatura. Cómpralo aquí.

 

Esta es nuestra lista, seguro que hay muchos más, pero a nosotros estos nos han ido genial. Y si queréis ver alguno, no dudéis en pasaros por BabyEco Salamanca en la Avenida Villamayor 64, Belén os espera.

 

Por cierto, seguro que tienes pendiente algún regalo de Papá Noel o los Reyes Magos para algún papá o mamá que necesita alguno de estos maravillosos inventos, aprovecha, te lo agradecerán.

 

¿Nos contáis los que más os han ayudado a vosotros?

Haciendo amigos

Para alguien tímido y, a veces, seco, como yo, no es fácil entablar una conversación con alguien desconocido, hacer un nuevo amigo ni os cuento… No soy muy hablador cuando acabo de conocer a alguien y soy consciente de que puedo parecer hasta borde. Hay quien me llama “escaldapobres” y creo que es un adjetivo que define muy bien mi comportamiento en algunas ocasiones cuando no tengo suficiente confianza con la gente. Insisto, no es bordería, es timidez. Si algún afectado me está leyendo, que me perdone.


Ya de niño me costaba.


Recuerdo en mi infancia que vinieran a buscarme para salir a jugar al fútbol los vecinos de arriba de la casa de mis abuelos de Asturias y yo emperrado en que no y no, y en casa me quedé. Estaba de vacaciones y no los conocía, así que no me atrevía. La dichosa timidez. O meterme debajo de la cama de mis otros abuelos y llorar cuando iban a decirme que saliera porque habían venido no se qué parientes y había una niña que no conocía. La dichosa timidez de nuevo.


Por eso me sorprende enormemente la facilidad con la que algunos niños se ponen a jugar con otros, a hablar con ellos, y después a despedirse como si fueran sus amigos del alma.


Hace un par de semanas estábamos en una sala de espera del hospital (nada grave), Julia y yo. Como era para niños tenían algunos juguetes, así que se puso a pasar el rato mientras yo esperaba sentado pendiente de ella. Estuvo sola cinco minutos más o menos. Se le unió otra niña y después otro niño. Y allí estuvieron los tres jugando como si fueran amigos de toda la vida. Mientras yo pensaba en la facilidad con la que eso estaba pasando. Si se volvieran a ver seguramente ni se conocerían, pero daría igual, con lo que les cuesta empezar de nuevo…


Ya lo he dicho en otras ocasiones, pero los adultos, algunos adultos, nos complicamos demasiado, hacemos las cosas demasiado difíciles. Y lo digo yo, que me cuesta hasta decir hola mientras estoy esperando el ascensor. Que me pongo nervioso cuando estoy con alguien con quien no tengo confianza y no se qué decir.


Tendríamos que ser más como niños, perder la vergüenza. Yo voy a intentarlo desde ya. Nadie me va a comer…

¿Seguís ahí?

Hola, ¿estáis por ahí? Mejor dicho, ¿seguís por ahí? Yo, nosotros, estamos, seguimos aquí, seguimos vivos. Aunque haga mucho que no escribo. No ha habido tiempo. Nuestra vida ha cambiado por completo y ahora, esta vez sí, de verdad, no como antes, no tenemos tiempo de nada. Y esta nueva vida nos obliga a estar ocupados de principio a fín del día (y parte de la noche). Pero no creáis que nos arrepentimos, ha sido nuestra elección y sabíamos que iba a ser así.

 

Tenemos negocio propio, hay que cuadrar las tardes con las extraescolares, hacer la compra, ocuparse de los mellizos… evidentemente, el blog no es prioritario. Lo sé, estáis muy tristes porque os gustaría que escribiera más, lo siento. Mamá está dedicada por completo a nuestro sueño, a la espera de que vaya tan bien que me pueda unir a ella. Y yo ocupado de niñero por las tardes. Cuando podemos nos echamos una mano el uno al otro, aunque no al cuello, tranquilos.

 

Para mí está siendo muy difícil sacar adelante algunas tardes. Los mellizos están empezando a querer hacer básicamente lo que les apetece, como es normal en niños de 20 meses. Se suben a las sillas y se ponen de pie en ellas, encienden  y apagan la tele, cogen el teléfono y se lo comen, tiran cosas, van a la cocina a coger la escoba y me la traen, desordenan la habitación de su hermana, se tiran en el suelo a llorar, pegan a su hermana y la tiran del pelo, quieren beber medio litro de agua del tirón y la acaban escupiendo, se muerden… Menos mal que su hermana mayor es un encanto y me echa una mano, aunque, en este caso, ella si quiera echársela a ellos al cuello alguna vez.

 

Sí, es agotador, hay días que cuando llega el momento de preparar la cena para esperar con ella en el plato a mamá me agobio, me enfado con el mundo y me dan ganas de tumbarme en la cama con tapones en los oídos y cerrar la puerta de la habitación. O de pegar cuatro gritos y que me oigan en todo el edificio (alguna vez se me escapa alguno). Pero entonces me acuerdo de que mamá lo tiene más difícil todavía. Ella apenas ve a los peques entre semana. Eso sí que tiene que estar siendo duro, pero mamá es una campeona y juntos podemos con todo.

 

Así que adelante.

Una decisión que puede arruinar tu día… bueno, no es para tanto

Hoy os voy a hablar de una decisión que tenemos que tomar muy a menudo y que puede convertir el día en un éxito o en un fracaso. Una de esas situaciones en que si decides bien, te sientes orgulloso de mismo, pero si decides mal, te hunde en la miseria. Hace unos meses os hablaba de las decisiones que tomamos en nuestra vida y de cómo cada uno tiene el poder de elegir lo que quiere hacer en cada momento. La decisión de la que os voy a hablar hoy es mucho más trascendente que todo lo que os contaba en esa entrada del blog.

 

Porque hay decisiones mal tomadas en la historia que seguro que han hecho a alguien darse cabezazos contra la pared. Que se lo digan a las doce editoriales que rechazaron a J. K. Rowling, la autora de Harry Potter. O a Mark Zuckerberg (sí, el de Facebook), que en 2009 pasó de Brian Acton y Jan Koum, los creadores de Whatsapp, para unos años depués pagar más de 17.000 millones de euros por la aplicación. No sigo con ejemplos irrelevantes como estos. Las decisiones que unos padres se ven obligados a tomar a diario son mucho más cruciales.

 

Me estoy refiriendo a ese momento en el que tu hijo (o hijos) tienen el pañal, digamos sobrecargado, y se acerca la hora de cenar e irse después a la cama. Y entonces te enfrentas al drama de tener que decidir. ¿Le pongo uno limpio ya, aunque sea para un rato? ¿O me espero un poco menos de ese rato y le pongo ya el de dormir? Ellos saben que estás con esa duda, por supuesto, y siembran la duda en tí mirándote de vez en cuando con cara de “en cuanto me lo cambies me voy a cagar”. Difícil momento.

 

DIBUJOS AIMADOS DE BEBES

 

Si lo cambias y se cagan a los cinco minutos, mal. Has tirado un pañal. No es por el dinero, evidentemente, son unos pocos céntimos, pero la sensación de que te han vacilado no te la quita nadie y te cagas (tú también) en todo. Si te la juegas y no se lo cambias, y un rato despúes se les empieza a salir el pis, te cagas en todo también (esta vez tú solo).

 

Así que la próxima vez que nos encontremos en esta situación (seguramente mañana), volveremos a pensarlo un rato meticulosamente teniendo en cuenta la importancia de la decisión, o a jugarlo a cara o cruz, qué se yo…

Paternidad responsable

Un día quedas con unos amigos para ir a la piscina. Varios papás, varias mamás, y, por supuesto, varios niños y niñas que acompañan y de los que hay que estar pendientes. Llegado un momento, alguien propone echar un partidito de tenis y te animas. No eres Nadal precisamente, pero bueno, hacer un poco de deporte de año en año es bueno, o eso dicen. Un ratito de peloteo y al tema. Unas dobles faltas y unos cuantos reveses después, algo te empieza a intranquilizar. No sabes exactamente qué es, pero ya no estás a gusto. ¿Será que estás jugando tan bien que crees que has echado tu vida a perder por no haberte dedicado al tenis? ¿Se ha perdido el mundo del tenis un Manuel Orantes o un Andrés Gimeno de sólido servicio? ¿Habrías dejado la elegancia de Federer a la altura del betún?

 

Como sabes que no es nada de esto, sigues pensando en lo que te intranquiliza hasta que lo descubres. No estás a gusto porque estás preocupado. Mamá está sola con los mellizos. Bueno, no está sola, está con las otras mamás, pero sientes que deberías estar con ella, y con ellos. Que un tiempo de deporte, de hacer algo distinto, está muy bien, es genial, pero que tu sitio ha dejado de ser ese desde hace unos minutos, y deseas estar con mamá y con tus hijos. Ayudándola Compartiendo con ella carreras si no paran, o jugando con ellos, lo que sea que toca en ese momento. Porque está bien ser tenista por unos minutos, pero, ante todo, eres padre.

 

Al día siguiente, mientras piensas en escribir una entrada del blog sobre ello, te das cuenta de que ese sentimiento, lo podemos llamar de responsabilidad, te acompaña más veces de las que crees. Lo mejor de todo es que la mayoría de las veces no te das cuenta de que te hace actuar de forma responsable con tu familia. Sí, esto es lo mejor, no darse cuenta. Porque esto quiere decir que ese comportamiento lo tienes como un hábito, no tienes que esforzarte para conseguirlo. En muchas ocasiones no hace falta que te propongas estar pendiente de que mamá y los niños estén bien, o al menos hacer todo lo que esté en tu mano porque lo estén, te sale solo.

 

Hace años, cuando ni siquiera teníamos hijos, alguien muy querido para nosotros nos habló de la paternidad responsable. Aunque no se refería a esto, es una buena forma de llamarlo. Creo que, a toda madre y padre le llega un momento, antes o después, en el que pasa a ejercerla. ¿A ti ya te ha llegado?

 

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Cómo sentirte feliz el día que vuelves a trabajar

Se acabó la excedencia y me ha tocado volver al trabajo. Nuevo horario, nuevo departamento, y nueva gente con la que tratar a diario y trabajar. Han sido 39 días en los que he desconectado, del todo. Además, en casa, con los niños y con mamá, se está muy bien, pero lo bueno se acaba.

 

Yo me esperaba un día difícil, muy difícil. No suelo llevar bien los cambios, salir de mi zona de confort, aunque creo que a la larga me va a venir bien. Esto en cuanto al trabajo. Luego está la parte que nada tiene que ver con él. Toca volver a poner el despertador para levantarse por la mañana, y no me gusta porque prefiero levantarme cuando los mellizos reclaman su desayuno. Y toca irme con ellos y dejarlos en la guardería. Creo que, al menos el primer día, uno de ellos me ha odiado por ello, aunque solamente sea un ratito. Su mirada me lo ha dejado muy claro.

 

He recordado mis tiempos de estudiante de Química y lo mal que lo pasaba cuando tenía exámenes. El día que tocaba, era horrible la espera. Hasta que estaba a la puerta. A partir de ahí, relajación y que sea lo que Dios quiera. Hoy ha sido igual. Los nervios, hasta la puerta, luego tranquilidad y a por ello de la mejor forma posible. Si además, al poco de llegar, te regalan chocolate (chicas no os preocupéis, las frases que le acompañaban me han gustado más todavía), la cosa va mejor todavía. Por cierto, estaba buenísimo.

 

Papá comiendo chocolate

 

La conciliación es un gran invento. Salir de trabajar a tiempo de poder llegar a casa a comer (a una hora medianamente normal) y tener toda la tarde libre es gloria pura. Algo me habían comentado pero ahora que lo he comprobado, lo confirmo. No me lo podía creer de camino al coche. Era tan pronto…

 

Pero lo mejor de todo estaba por llegar. Aunque eche de menos a mis compañeros, aunque haya tenido que salir de mi zona de confort, aunque haya tenido que poner el despertador, aunque mi hijo me haya odiado, aunque haya estado nervioso… me siento feliz. Feliz porque puedo comer con mamá todos los días (recordando chascarrillos de hace mil años que nos hacen reir juntos), feliz porque he estado más activo toda la tarde y he hecho más cosas sin estar cansado, feliz porque he tenido más ganas de jugar con mis hijos, feliz porque todo esto puede pasar todos los días, no solo los que no trabaje. Y yo preocupado porque el día iba a ser complicado…

 

Y ya, para rematar, los mellizos han visto el tren por primera vez (sí, es un tren aunque parezca una tuberia gigante) ¡y lo han flipao!

 

Mellizos viendo tren

 

 

 

 

Dos horas y media de autobús

Dos horas y media de autobús dan para muchas cosas. Aunque parezca un tiempo reducido, es aprovechable. La cabeza no para algunos días (hay a quién no le para nunca) y, si no consigues entretenerte con nada de lo que tienes disponible en el autobús, piensas en muchas cosas. Importantes o no. Urgentes o no.

 

Autobús

 

Dan para alegrarte de haber elegido la opción Expres y no tener que hacer las correspondientes paradas en los tropecientos pueblos que hay por el camino, aunque así habrías tenido más tiempo para pensar.

Dan para darse cuenta, una vez más, de que estamos haciendo lo correcto. Aunque de miedo, aunque de vértigo. Estamos luchando por lo que creemos que es mejor para nuestra familia, ¿cómo puede ser esto malo?

Dan para echar de menos a tus hijos y alegrarte porque vas a ver a su madre.

Dan para pensar en el calor que siempre dicen que hace en Madrid, y en lo mal que llevas el calor, aunque vayas a estar en una tienda con aire acondicionado.

Dan para pensar en formas de promocionar a través del blog el negocio que vas a poner en marcha, sin ser un pesado, y sin perder los pocos lectores que tienes por hacerlo. No quieres que la gente se canse de leerte.

Dan para volver a echar de menos a tus hijos y volver a alegrarte porque vas a ver a su madre.

Dan para echar, una vez más, un vistazo al plano del metro de Madrid. No quieres perderte. Y aunque creas que lo tienes controlado, siempre te queda la sensación de que mejor volverlo a repasar.

Dan para repasar todo lo que falta hasta la apertura de la tienda. Tenemos todo más o menos en marcha, más o menos lanzado, pero falta mucho camino.

Dan para trastear con el móvil en silencio hasta que en la radio del autobús suena Radiolé, y entonces te pones los míticos auriculares de Autorés y escuchas un disco de Red Hot Chili Peppers.

Dan para acordarte de que te tienes que acordar de decirle a mamá que a Pablo le está saliendo otro diente y que Luís sigue sin parar quieto ni un segundo.

Dan para, otra vez más, echarlos de menos y, otra vez más, alegrarte porque vas a abrazar muy fuerte a su madre.

Dan para escribir esta entrada del blog, que aunque no sea nada del otro mundo, te parece que ha quedado chula.

Fin de trayecto.