El cuello es a los bebés lo que el ombligo a sus papás

Hoy voy a hablaros de un lugar inexplorado e infinito. Un lugar en el que cabe de todo. Un lugar que puede sorprenderte por todo lo que puede contener. Si en algún momento pierdes algo, búscalo en él, seguro que está. Sí amigos, me estoy refiriendo al cuello de los bebés. Esa zona impenetrable en la que se alojan todo tipo de cosas. Donde la luz nunca llega y dónde hay sorpresas inimaginables.

El otro día estábamos con unos amigos y alguien me dió la idea para escribir sobre ello. Decía, creo que recordar, que un pediatra le había comentado lo que podía llegar a encontrarse en tan recóndito lugar. Hablaba incluso de granos de arroz. Espectacular.

Porque el cuello es a los bebés lo que el ombligo a sus papás. No para de fabricar materia, como el ombligo con las pelusas, que a todos nos salen (aunque haya quien lo niegue), de distintos colores incluso. Y aunque las quites (no para guardarlas en un tarro de cristal, como ha habido casos), al rato tienes otras nuevas.

Da igual que tus hijos estén recién bañados, da igual que les laves la cara y el cuello, da igual que les limpies con una toallita. En unos minutos vuelves mirar, y te puedes encontrar con el objeto más insospechado, con cualquier cosa.

Volviendo al momento en el que me dieron la idea para esta entrada, el cuello de tus hijos te puede dejar en evidencia muy fácilmente. Has comido con unos amigos, estás tomando un café y charlando un rato, y a uno de tus retoños le da por levantar la cabeza mirando al techo. Y entonces sale a la luz esa zona que suele estar oculta. Con sus pelusas, muchas pelusas. Claro, han tenido una chaqueta de punto puesta un par de horas, y eso el cuello no lo perdona. Por lo menos, está vez, no hay trozos del pollo que han estado comiendo. Es cuando piensas “parece que hace semanas que no lo baño”, e intentas salir del embarazoso momento con un comentario gracioso del tipo “el otro día me encontré ahí un billete de quinientos euros”.

Bueno, hasta aquí llega mi reflexión. Os aseguro que es sorprendente lo que puede llegar a ocurrir en ese cuello. Si tienes hijos, me darás la razón. Por cierto, no se dónde he dejado las llaves del coche. Aunque, ya se donde voy a buscarlas…

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